Luego de un buen par de días de falsas amenazas, por fin hoy por la noche se ha puesto a llover. Aunque al parecer en forma breve, el invierno ha hecho acto de presencia, recordando que aún estamos en agosto y la primavera todavía debe aguardar hasta el siguiente mes para entrar en escena.

No obstante la condición de balnerario, en lo personal me resulta más agradable la ciudad jardín durante invierno, otoño y el comienzo de la primavera. La lluvia y el frío que espanta al turismo masivo ofrece una ciudad de calles tranquilas, conductores que respetan los pasos de cebras y tiempos de desplazamiento cortos. ¡Qué agrable es vivir en una ciudad en la cual el caminar es una alternativa real de desplazamiento, o en la cual es posible llegar desde el centro a Reñaca, o desde Valparaíso a Viña en menos de veinte minutos! Inclusive es posible ir y caminar por la playa, en esta época con la cantidad justa de gente (nadie tomando sol, por supuesto).

En el verano estos pequeños gustos desaparecen: viene el turismo de masas, el tenis, el descalabro del Festival.

Quedo debiendo alguna foto de la ciudad con lluvia.

A pesar de lo anterior, hay asumir la naturaleza turística del lugar. Así, no queda más esperar que en verano y fines de semana especiales lleguen muchos turístas, para que los naturales podamos disfrutar de los beneficios de vivir en esta ciudad.

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